He aprendido a amarte en silencio. En las mañanas, cuando te veo dulcemente dormida, casi cubierta con las sábanas, tibia, ajena a todo el mundo que nos rodea. He aprendido a amarte en medio del escándalo, con las luces del tráfico reflejándose en tus ojos resplandecientes. He aprendido a amarte en la alegría, cuando brillas y destilas alegría en cada poro de tu piel, cuando te conviertes en una mariposa inquieta, pluma llevada por el viento, pistilo, tallo y pétalo.

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He aprendido a amarte en la tristeza, cuando una sola de tus lágrimas lleva escrita la pena profunda de tu alma, y se calla el concierto de alondras que acompaña tus pasos. Te amo en las mañanas, en las tardes, en las noches y madrugadas. Te amo desde lo profundo y lo llano, a lo largo y ancho. Te amo cuando cocinas y la casa se llena de humo, te amo cuando te ríes de tus errores y cuando callas tus triunfos.

He aprendido a amarte cuando llueve y sólo quieres una taza de te y un libro, cuando te llueve por dentro y eres melancolía… te amo en todos tus extremos, desde la calma plácida de tus silencios hasta la explosión de energía que preceden tus proyectos.

Te amo transfigurada en ángel, en presencia y esencia cuando haces tu trabajo, cuando ejerces tu vocación. Te amo cuando estás cansada y sólo quieres un masaje en tu espalda y hablar como si no hubiese mañana. Te amo completa, a pedacitos, al derecho y al revés. Amo todo lo que viene de tí y el objetivo de esta carta de amor es lograr que recuerdes que cada día del resto de nuestras vidas que vine a este mundo con muchas metas, todos los objetivos y una sola misión: amarte hasta el final.

Cuando te veo dulcemente dormida

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